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I Premio Internacional de Relatos de Cerveza-Ficción 

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I Premio Internacional de Relatos de Cerveza-Ficción 
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Título de la obra: El cráneo robado. Publicada el 13/03/2012 para el I Premio Internacional de Relatos de Cerveza-Ficción promovido por la empresa “La Fabrica”

Lectura completa: El cráneo robado.


Cadem exhaló una fuerte y prolongada respiración al comprobar como el más absoluto silencio volvía a reinar con mano firme en su pequeño hogar. A escasos metros del lugar en el que él se encontraba plácidamente descansando pudo observar sin alzar demasiado la mirada cómo su dulce y pequeña hija Tabitha, de tan sólo seis años de edad, se había hecho un diminuto ovillo en el interior de su cama mientras su joven madre le susurraba una nana al oído con el fin de que ésta encontrara la paz en el mundo de los sueños.
La familia de Cadem era la más pobre del la zona, sin embargo, su imagen paterna no podía ser deshonrada, pues hacía todo cuanto estaba en sus manos para poder darle a su pequeña hija un futuro mejor.

Las cargas emocionales y las responsabilidades familiares habían comenzado a fracturar el juvenil rostro de Cadem. Su mujer ya había comenzado a percibir cómo la madurez azotaba con violencia el rostro de su amado y a riesgo de parecer extravagante encontró en aquellas arrugas un punto de madurez que le hacía más atractivo.

Las grandes manos de Cadem se frotaron fuertemente entre sí con el único fin de entrar en calor. El gélido invierno Europeo había obligado a muchas familias a recogerse en sus hogares a tempranas horas de la tarde. Sin embargo, muchos hombres como Cadem eran la excepción: a pesar de haber estado trabajando en diferentes oficios durante todo el día aún no habían finalizado su jornada laboral. Al recordar este último trabajo sintió una pequeña punzada en el corazón, un sentimiento de culpa que le hizo estremecerse hasta los huesos. Tomó una nueva bocanada de aire, se levantó de la silla y se despidió de su mujer y su hija. El trabajo le reclamaba, aunque su único deseo en aquellos momentos era el de estar junto a su familia, arropado por el calor de su pequeña y mecido por las caricias de su preciosa mujer.

En el mismo instante en el que abrió la puerta exterior de la calle un frío viento entró de forma apresurada en el interior de la vivienda amenazando con echar a perder el poco calor que se había refugiado en el interior de ésta. Cadem tuvo que cerrar la puerta de forma apresurada para evitar que el fuego de la chimenea se extinguiera con un simple soplido. Quiso haber vuelto la vista atrás para contemplar a su familia pero sabía que no podía hacerlo, así que contuvo su dolor fustigando a sus labios con un ligero mordisco. Podía rechazar el trabajo, negarse a cometer semejante atrocidad, pero la idea de que su pequeña niña tuviera que pasar hambre carcomía su corazón y su mente, así que, enfundado con un nuevo sentimiento de culpabilidad, se encaminó con paso firme hasta la taberna conocida por todos como el "Potro salvaje", ubicada a las afueras del pueblo y visitada por villanos, asesinos, mendigos, prostitutas y algunos hombres honrados cuyo dinero no siempre era bien recibido.

Las desgastadas botas de Cadem se hundieron en el fango debido a que el día anterior había estado lloviendo sin cesar durante prácticamente todo el día. Tuvo que dar grandes zancadas para evitar que sus pies se atascaran. Un nuevo golpe de frío le hizo desviar la mirada y, sin darse cuenta, sus ojos retomaron el camino de vuelta al hogar, donde se sentía en paz consigo mismo. Pero sabía que no podía tomar ese camino, a menos que quisiera ver cómo su familia mendigaba durante los próximos meses de invierno en las calles de Viena para obtener apenas algunas monedas y poder comer. Así que obligó a su cabeza a girarse de nuevo y a seguir el camino que el propio destino le había marcado.

Tal y como se esperaba la taberna estaba llena, apenas se podía dar un solo paso sin tener la sensación de que antes o después podrías golpearte con alguien. Muchas personas habían entrado en el interior de ésta con el único fin de encontrar un poco de calor humano durante aquella fría noche de invierno. La barra estaba llena de personas y los pocos camareros que allí trabajan no cesaban de servir jarras de cerveza tanto frías como calientes. Amigos y enemigos por igual se habían reunido en torno a las desgastadas mesas del lugar para charlar de forma amistosa o jugar partidas de poker. Cadem se acercó con paso firme a una de esas mesas, se sentó en ella junto a un grupo de personas y esperó a que el camarero le trajera la misma jarra de cerveza que había estado consumiendo en los últimos meses.

El hombre que se sentaba a la derecha de Cadem alzó su jarra y se bebió el contenido de ésta como si se tratara de una vaso de agua. Su mano no temblaba, era un hombre fuerte y robusto, algo desaliñado y un gran amante de aquella bebida espumosa de color oscuro cuya tonalidad podía compararse al cielo nocturno. Al igual que él, buscaba un futuro prometedor para su docena de hijos. Sin embargo, la vida que él llevaba muchas veces rozaba la ilegalidad. Pero Cadem había aprendido a no juzgar a las personas, y mucho menos a meterse en sus vidas, por el bien de la suya.

La cerveza que Cadem había estado esperando llegó antes de lo previsto a su mesa. Acto seguido se vio rodeando con sus propias manos la jarra y se deleitó con el calor que ésta desprendía. El olor de aquella bebida alcohólica y espumosa ascendió lentamente por sus fosas nasales y se entretuvo durante unos segundos con aquel delicioso aroma antes de llevársela al interior de su boca. El sabor de aquella cerveza negra no se podía comparar con el de ninguna otra. Era suave y nada amarga, lograba descender por su paladar de forma agradable como si unas manos internas acariciaran todo su interior. Mientras bebía Cadem cerró los ojos, y por un momento, un solo instante, olvidó todos sus problemas y preocupaciones.

Cadem le describió a un amigo que las horas eran demasiado traicioneras, pues siempre iban en contra del hombre: cuando la pena o la desdicha inundan el corazón éstas se anclan en las agujas y no se mueven, sin embargo, cuando la felicidad o la buena fortuna llenan las vidas de ricos y pobres por igual se apresuran en dar grandes zancadas en torno a la esfera con el fin de evitar que la humanidad quede sumida en un estado de bienestar eterno.

Los ojos de Cadem fueron saltando de rostro de rostro con el fin de estudiar sus expresiones. Al igual que él, aquellos hombres compartían un secreto a voces y, sin embargo, no podían hacer nada por evitarlo. La llegada de un joven médico a la ciudad conocido por el nombre de Franz Joseph Gall había comenzado a revolucionar las apagadas calles de Viena.

Incluso las personas más analfabetas de la zona conocían la popularidad del médico, quién se había labrado una importante reputación. Las salas donde solía impartir conferencias siempre estaban llenas, todo el mundo deseaba oír sus teorías o conocer sus nuevos avances en el mundo de la frenología.

Es la hora.

Cadem alzó la vista, sabía que su amigo tenía razón. Apuró el último trago de cerveza y maldijo en silencio su trabajo. Ni tan siquiera tuvo el tiempo suficiente para saborear aquella deliciosa bebida. Sin embargo, le consoló la idea de que al día siguiente volvería al mismo lugar y podría volver a pedir una nueva y esta vez se aseguraría de saborear hasta el último trago.

Uno por uno y en espacios delimitados de tiempo, para no levantar sospecha alguna, los hombres que habían sido contratados por el ayudante del médico Franz Joseph Gall fueron abandonando la taberna.

La Iglesia católica estaba al tanto de las estrambóticas ideas de aquel hombre, quien afirmaba que podía conocer las tendencias criminales de una persona o los rasgos de su personalidad a través de su cráneo, del tamaño de su cabeza o las facciones de su rostro, rechanzado la idea de que un cuerpo humano podía contener el alma de una persona. En una región tan católica como Austria estas ideas eran absolutamente descabelladas y por lo tanto rechazadas. Su fama era precedida por su excentricidad, dado que le encantaba coleccionar cráneos humanos para sus futuros estudios. Incluso sus admiradores más fervientes se sentían un tanto incómodos a la hora de tratar con un hombre tan excéntrico.

Cadem fue de los penúltimos hombres en abandonar la taberna, y al igual que el resto de sus compañeros se introdujo en el interior de un carruaje de carga donde posteriormente fue ocultado por unos enormes fardos de tela malolientes y putrefactos. Su cuerpo permaneció inmóvil, tenía que permanecer en una postura absolutamente recta, apenas podía respirar y cada vez que intentaba tomar algo de aliento las nauseas volvían con violencia amenazando con salir al exterior en cualquier momento. Las condiciones eran pésimas, pero sabía que si eran descubiertos todos ellos irían a la cárcel. Aún siendo conscientes del riesgo, las necesidades de la vida les obligaban a ganarse gran parte de su sustento allanando cementerios, desenterrando cadáveres para posteriormente robar sus cráneos con fines puramente científicos.

El carruaje no tardó demasiado tiempo en llenarse de personas que al igual que él buscaban un futuro mejor para sus familias. Desde niños a hombres jóvenes, todos vivían en situaciones similares, y en cierta medida aquella idea resultó ser un consuelo para él durante las largas horas de viaje. A medida que iban llegando a los diferentes cementerios previamente escogidos por su riqueza en cadáveres en descomposición los hombres contratados descendían en mitad de la noche, se ocultaban tras lápidas y esperaban en silencio a que les dieran las siguientes indicaciones. No solía pasar demasiado tiempo entre una acción y una orden y antes de que alguien pudiera darse cuenta los cuerpos ya habían sido exhumados, extraídos los cráneos y vueltos a enterrar. Los hombres que allí trabajaban tenían que ser rápidos y meticulosos, y sobretodo dignos de confianza. Si alguno de ellos se iba de la lengua, su cabeza podía acabar en manos del doctor, y no estaban dispuestos a perderla.

Cuando le llegó el turno a Cadem, éste descenció lentamente del carruaje, hundió sus botas en el barro y sujetó con fuerza una de las palas que un compañero le había facilitado. Sus grandes ojos marrones se alzaron en el aire y se asombraron al descubrir cómo la luna se ocultaba velozmente tras un manto de nubes, como si temiera estar presente durante el grave acto que él mismo iba a cometer. A pesar del intenso frío, sus manos comenzaron a sudar. La pala había comenzado a resbalársele, y se sintió extrañamente agobiado ante la idea de cometer semejante atrocidad. Su cuerpo se había quedado anclado en la tierra, sus piernas no podían moverse, sus brazos sostenían la pesada pala y su rostro estaba descompuesto por los nervios y la angustia. Thomas, allegado de Cadem, descendió rapidamente del carruaje, le golpeó fuertemente la espalda con la palma de la mano extendida y le animó a que le siguiera. Este gentil acto obligó a la mente de Cadem a salir de su ensoñamiento y a ponerse en marcha antes de que fueran descubiertos.

Uno a uno los hombres escogidos para esta misión se introdujeron en el interior del cementerio y atravesaron lo que para ellos parecía una infinidad de tumbas y lápidas, mientras buscaban con cierto frenesí la de un hombre llamado Franz Joseph Haydn, quien había fallecido el 31 de Mayo de 1809 en su residencia junto al resto de sus sirvientes durante la invasión que sufrió la ciudad durante el asedio de las tropas napoleónicas.

Aunque todos buscaban con exaltación la tumba del celebre compositor austriaco, Cadem fue el único que no lo hizo, pues su mente estaba ocupada en otro lugar. Su visión estaba tan desarrollada que incluso llegó a ver cómo uno de los hombres cercanos al doctor sobornaba a dos de los trabajadores que cuidaban el cementerio. Otra vez el sentimiento de culpa volvió a azotar con violencia el corazón de Cadem. Su cuerpo se tambaleó ligeramente hasta que finalmente se vio obligado a descansar sobre una lápida de piedra, desgastada por el paso del tiempo. Con la única mano que tenía libre se frotó ligeramente el rostro, como si aquella visión hubiera sido simplemente una falsa ilusión. Ya era despreciable que hombres honrados como él tuvieran que ejercer este tipo de oficio, pero lo que más le dolió fue ver cómo la codicia es capaz de aplastar y sobornar los corazones de aquellas personas que tienen que cuidar de nuestros difuntos.

Los compañeros de Cadem le animaron a seguir el ritmo, no podían perder el tiempo con falsas ideas acerca de la honestidad o la entrega a un trabajo mejor. Esa era la vida que ellos habían elegido sin importar las consecuencias. Las horas eran un factor negativo en su trabajo y si no se daban prisa en exhumar el cadáver era posible que les apresaran. Así que tiraron del cuerpo de Cadem animándole a que continuara y finalizara de una vez por todas su trabajo. Sus ojos fueron saltando de una lápida a otra hasta que finalmente dieron con ella. Los hombres que le acompañaban le echaron a un lado de forma apresurada, su cuerpo se tambaleó ligeramente y estuvo a punto de perder el equilibrio, sin embargo tuvo la suficiente destreza como apoyar rápidamente la pala contra el suelo e impedir la caída.

El sonido metálico que producían las palas al chocar contra la tierra pronto comenzó a resonar con fuerza en el interior de su cabeza. Al principio el sonido era débil, casi como un susurro, sin embargo, a medida que iban profundizando en el interior de la tierra éste se hizo más fuerte y sonoro. Pronto la pala que había sido sostenida por Cadem acabó uniéndose al sonido que hacían el resto de palas.

Cadem alzó sus manos en el aire y apretó con fuerza sus orejas para impedir que el sonido entrara en el interior de su cabeza. Pero lamentablemente era tan fuerte y poderoso que acabó por volverle loco. Su mente trabaja de forma apresurada, no quería estar allí, no quería seguir siendo un vulgar ladrón de cadáveres, quería volver a su hogar, con su mujer y su hija. Pensó en ellas, en la necesidad que tenía de volver a verlas y pronto se sintio más culpable, pues no quería ni imaginarse el rostro que mostrarían si descubrieran a lo que se había estado dedicando desde hacía meses.

Thomas alzó su voz de forma tan fuerte y poderosa que obligó a Cadem a destaparse los oídos y escuchar con suma atención lo que el resto de sus compañeros habían descubierto. Las palas habían comenzado a chocar con la tapa del ataúd. Tenían que alzar la tumba, así que con un ingenioso sistema de poleas fácil de transportar comenzaron a exhumar el cadáver. Los corazones de todos los allí presentes latían de forma apresurada. El ambiente estaba tan tenso que hasta podía cortarse con un cuchillo. Nadie era capaz de decir nada, y sin embargo todos se morían de ganas de añadir alguna palabra que fuera capaz de relajar sus cuerpos. El más joven de los empleados fue el primero en aventurarse a abrir la tapadera, pero no al no tener la fuerza suficiente pidió que le echaran una mano con una palanca de hierro. Varios hombres, envalentonados por la fortaleza del joven, se unieron a él y antes de que el reloj de la iglesia marcara las doce el ataúd del célebre compositor ya había sido abierto.

El fétido olor salió del interior de la tumba de forma apresurada. Todos tuvieron que volver la cabeza para evitar dejar señal alguna que les incriminara o alertara a las autoridades de que el cuerpo había sido desenterrado. Thomas, quizás el hombre más valiente que Cadem había conocido jamás en su vida, fue el único capaz de ponerse en acción. Éste había logrado aferrar con fuerza un viejo y desgastado pañuelo que había sacado del interior de uno de sus bolsillos y se lo había colocado delante de su cara con el único fin de evitar vomitar sobre la tumba. Su única mano libre no tardó demasiado tiempo en aferrar con fuerza la cabeza del difunto compositor y, aunque tiraba con todas sus fuerzas fue necesaria la ayuda de dos hombres más para desencajarla de su cuerpo.

Cadem observó con cierta fascinación y miedo cómo la cabeza de aquel hombre llamado Franz Joseph Haydn se alzaba en el aire como si se tratara de un trofeo macabro. La luna, que hasta el momento había permanecio oculta tras las nubes, apareció delante de él e iluminó con majestuosidad aquella cabeza. El brillo se coló a través de las cuencas y Cadem se quedó sin aliento; aquella horripilante visión le obligó a abalanzarse sobre sus amigos para quitarles la cabeza y devolvérsela a su cuerpo. Los hombres que allí se encontraban se quedaron atónitos ante la reacción de aquel joven. No podía creerse lo que estaba haciendo, no sólo les había golpeado con todas sus fuerzas hasta derribarlos, sino que además luchaba con todas sus fuerzas por hacerse con la calavera.

Muchos de ellos opinaron que se trataba de un complot, así que le cogieron de los brazos y le sujetaron con fuerza para impedir que huyera con la cabeza. El más alto y fornido de todos le propinó una brutal paliza, y como castigo por lo que había hecho decidieron que lo que podían hacer era enterrarle con vida, así que cavaron una fosa poco profunda y le introdujeron el interior de ésta. Los compañeros de Cadem se apresuraron en enterrarle, no querían que nadie les viera y les acusaran de asesinato además de robo de cadáveres, así que en un abrir y cerrar de ojos el joven Cadem había sido enterrado.

Ante la tumba del joven hombre todos ellos juraron un pacto de silencio, y si alguien preguntaba por él dirían que le vieron marcharse, sin saber muy bien dónde habría podido ir. Tras asegurarse de que Cadem estaba bien enterrado retomaron su trabajo e hicieron lo mismo con los restos del compositor. Una vez guardado el cráneo en un lugar seguro, los ladrones volvieron al carruaje como si nada hubiera sucedido.

A la mañana siguiente los hermanos Hoboken habían detenido su carruaje delante del cementerio ubicado detrás de la iglesia de Hundsthurmer. Un nuevo día de trabajo les esperaba, y había demasiada expectación puesta en la tumba del compositor vienés Franz Joseph Haydn, pues al parecer debía ser trasladado a la aldea de Eisenstadt. Los dos hombres de avanzada edad caminaron con lentitud a través del camino de tierra que cortaba el camposanto. La lluvia caía de forma incesante, lo que impediría notablemente una rápida realización del trabajo. Para su sorpresa, el párroco de la iglesia les estaba esperando en el camino, con el rostro visiblemente descompuesto. Los dos hombres se miraron el uno al otro y corrieron hasta colocarse al lado del sacerdote.

- ¿Qué sucede, padre? - Dijo el mayor de todos ellos, con un tono lleno de preocupación en su voz.

El párroco de la iglesia no pudo articular palabra alguna, así que con un simple gesto de mano les invitó a que le siguieran. Los dos hombres aceptaron seguir sus pasos. Sin embargo no estaban preparados para hacer frente a lo que allí encontraron. La tumba de Franz Joseph Haydn había sido abierta. El cráneo había desaparecido y lo único que quedaba de su cabeza era la peluca con la que había sido enterrado. Al lado de su lecho, grabado en la tierra, había un listado de nombres y apellidos y al final de la lista una aclaración de todo cuanto había sucedido la noche anterior.

Pero realmente lo que les dejó sin aliento fue la confesión del asesinato de un hombre llamado Cadem Freskynian, esposo y padre de una niña, cuyo cuerpo había sido enterrado la noche anterior en una tumba sin nombre. Fue ajusticiado por hacer lo correcto y lo único que pedía era que su familia supiera la verdad para que pudieran rogar por su alma.


NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2012 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Mi novela "Cartas a mi ciudad de Nashville" disponible en la web y en blog. Todos los derechos reservados © 2014-2021.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España