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III Concurso de Relatos “21 De Marzo” de Tres Cantos. (I) 

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III Concurso de Relatos “21 De Marzo” de Tres Cantos. (I) 
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Registrado: Mié Mar 21, 2007 12:17 pm
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Título de la obra: Ámame incluso muerta Publicada el 2012. III Concurso de Relatos “21 De Marzo” promovido por el Ayuntamiento Tres Cantos (Madrid)

Lectura completa: Ámame incluso muerta

Las temblorosas manos de Ronald Trenwam aferraron con extrema dureza el antiguo lavabo de madera de haya y pino. Tomó una pequeña bocanada de aire y aspiró con cierta dificultad el fétido aroma de un cuerpo en descomposición. Las nauseas golpearon con virulencia la boca de su estómago. Se sintió intranquilo sus piernas estaban temblando de nuevo. La imagen de su amada volvió a su mente de forma repentina, qué mal se sintió al recordarla de nuevo. Su propio cuerpo se había sumido en un estado de tensión y ansiedad que le ahogaba hasta dejarlo casi sin aliento. Tenía la cabeza agachada, recogida entre sus brazos, mientras la movía de un lado para otro sin sentido manteniendo en todo momento la mirada perdida. Era como si no se atreviese a alzar sus ojos más allá de sus manos por miedo a encontrarse con su propio reflejo en el espejo que había situado a escasos centímetros de la pared.

- ¿Quién ha podido hacerle algo tan atroz a mi Mary...? - Su aguda voz no tardó demasiado tiempo en ahogarse entre sollozos, mientras balbuceaba su nombre lleno de rabia, ira y dolor. - ¡Mary...! - Volvió a llamarla por su nombre con la esperanza de que ella pudiera oírle. - ¡Mi pobre Mary!

Aquella última palabra salió del interior de su pecho como un grito ahogado lleno de frustración y rabia. Se sintió indefenso al darse cuenta de que ella no iba a volver a su lado. Aunque la llamara suavemente o gritará su nombre en mitad de la noche, sabía que ella no iba a volver.

El sargento Adrien Bernard Collen, de la brigada de homicidios, hizo un ligero movimiento de cabeza para indicar al guardia más joven que sacara cuanto antes al pobre señor Ronald Trenwam de aquella habitación.

En el mismo instante en el que Ronald Trenwam sintió unos brazos rodeando sus hombros se sobresaltó. Emitió un grito de pánico y alzó con cobardía sus ojos en el aire, los cuales acabaron por posarse sobre el único espejo de aquella habitación. Bastó un solo segundo para grabar para siempre el terror y horror que le produjo ver la silueta de su prometida yaciendo muerta bajo un lecho de sábanas viejas y roídas empañadas por su propia sangre.

- ¡Sáquenlo de aquí!- La voz del sargento Adrien se alzó son severidad, mientras el señor Ronald Trenwam seguía gritando sin cesar el nombre de su amada, jurando venganza y maldiciendo a su asesino para toda la eternidad. - ¡Deprisa!

Christopher Connor Macius Lestron se sintió abrumado al descubrir la cantidad de mujeres que ejercían la prostitución en las calles de Whitechapel. La extrema pobreza de la zona y la carencia de recursos les había obligado a vender sus cuerpos por un par de monedas. Todas ellas eran tan distintas y de tantas etnias que le resultaba difícil elegir a su próxima víctima. Algunas eran verdaderas bellezas, otras por el contrario le habrían puesto los pelos de punta con tan sólo imaginárselas desnudas, pero todas ellas compartían un mismo punto en común: eran vulnerables.

Se sintió poderoso al imaginárselas a todas ellas muertas. Este pensamiento le produjo automáticamente un ligero cosquilleo que le recorrió brevemente la boca de su estómago durante unos segundos. Tenía que volver a matar y rápido. La idea que había tenido era tan fantástica que automáticamente tuvo una erección. Sus largos y finos dedos aferraron con fuerza la pinta de cerveza que había sido colocada delante de sus ojos momentos antes de tener aquella imagen tan cruel y satisfactoria. Sus labios esbozaron una amplia sonrisa traviesa al recordar a la joven que había matado hacía tan sólo tres días. Los periódicos aún hablaban de ella, y aunque él no sabía ni leer ni escribir el crimen aún seguía estando en boca de todos. Por fin sería recordado, ahora sólo tenía que seguir matando para asegurarse de que su leyenda siguiera viva incluso después de su muerte.

Se bebió la cerveza con una cierta velocidad impetuosa. Apenas la estaba saboreando pero aquella idea no pareció importarle demasiado. Estaba apurando el último trago cuando llegó a sus oídos las voces de dos hombres que se habían sentado dos sillas más atrás. Al principio los ignoró por completo, pero cuando comenzaron a hablar de su crimen entonces fue todo oídos, y lo que a continuación descubrió no le gustó nada.

Un nuevo asesino había comenzado a llamar la atención de la zona, al parecer se hacía llamar a sí mismo “Jack, el destripador” y sus métodos tenían algunos puntos en común. No podía creérselo. Era imposible que le hubiera salido un imitador, y encima le estaba robando todo el protagonismo. No iba a permitírselo, estaba decidido a no hacerlo, así que apuró los últimos tragos de su cerveza y dejó caer sobre el mostrador unas cuantas monedas antes de salir de la taberna en busca de una nueva presa.

En el mismo instante en el que puso un pie en la calle una extraña sensación recorrió su espinal dorsal. La gente solía referirse a este tipo de sensación como la aceptación de un mal presentimiento, pero él no creía en esas chorradas así que siguió su camino y se dejó engullir por las frías y oscuras calles inglesas.

El sonido de sus propias pisadas le resultó inquietante. La primera calle que había tomado estaba abarrotada de transeúntes alcoholizados y prostitutas muertas de hambre ansiosas de sacarles hasta el último penique. Se abrió camino con cierta dificultad entre la multitud. No podía quedarse allí por más tiempo, así que comenzó a cruzar las calles sin sentido alguno, dejándose engullir por las sombras de la noche.

Sus propios pasos le habían conducido hasta un fumadero de opio ubicado en el East End de Londres. Sus manos temblaron con suma violencia en el interior de sus bolsillos, el aroma de la muerte ascendía lentamente por el aire, mientras unas manos invisibles le invitaban a que se uniera al lugar. Echó un rápido vistazo al callejón. Pestañeó repetidas veces para intentar adaptar sus ojos a la oscuridad, sin embargo, cuanto más esperaba que éstos de adaptaran menos lo lograba. Alzó sus manos en el aire y se frotó con violencia los párpados. Cuando volvió a mirar de nuevo descubrió que la calle había sido engullida por una extraña y densa niebla de color rojizo.

Su corazón dio un repentino vuelco. Su pequeño y delgado cuerpo se volvió hacia atrás como si unas manos invisibles le hubieran golpeado con fuerza hasta hacerle perder el equilibrio. Aquella extraña sensación le inquietó lo suficiente como para lograr paralizar todo su ser. No sabía qué hacer, así que se quedó muy quieto, intentando despejar su mente mientras su cabeza ideaba un nuevo plan.

Sus temblorosas manos ascendieron por su rostro y comenzó a frotarse la cara como solía hacerlo siempre que se encontraba nervioso. Las yemas de sus dedos no tardaron demasiado tiempo en encontrar el dolor de su pasado, las profundas marcas de sus cicatrices serpenteaban su rostro hasta convertirlo en una máscara terrorífica imposible de cubrir. Siempre oculto en las sombras, odiando ser quien era, maldijo a su madre en el mismo instante en el que el recuerdo de ella vino a su mente. La odiaba por todo el daño que le había hecho, la maldijo por ser quién era, y le deseó la peor de todas las muertes.

Lentamente comenzó a levantar los párpados. Lo hizo tan sumamente despacio que incluso daba la sensación de que alguien estaba tirando de ellos con hilos invisibles. Sus ojos se abrieron para adquirir un nuevo tono, más oscuro, sus pupilas habían tomado una nueva forma. Estaban tan contraídas que parecían estar a punto de desparecer en el interior del iris. Balbuceó diversas palabras en un idioma desconocido, un lenguaje que había inventado cuando era niño para comunicarse con su propio “yo” interno. Su cabeza se alzó en el aire, ladeándose de un lado para otro, aspirando el rancio aroma de unas calles consumidas, desgastadas por los siglos. Saboreó en su mente la idea de volver a matar, entrecerró los ojos y recordó lo fácil que había sido la vez anterior.

Lamentablemente había durado demasiado poco, y esta vez tendría que hacerlo mejor, se tomaría su tiempo y buscaría a una mujer mucho más guapa. Tenía que darse prisa, ahora tenía un nuevo competidor y él no estaba dispuesto a perder.

Ronald Trenwam sujetó con firmeza el pomo de la puerta. Lentamente la fue girando hasta que la puerta emitió un silbido lastimero cuando él intento abrirla por la fuerza. El sonido fue tan aterrador que estuvo a punto de dejarle sin aliento. Se sintió terriblemente angustiado al descubrir cómo algunos objetos inertes son capaces de atrapar el alma humana de las personas. Se adentró en la habitación él solo, cerró la puerta tras de sí y apoyó todo su cuerpo contra ésta. Automáticamente cerró los ojos y comenzó aspirar el fétido aroma a muerte que aún reinaba en aquella estancia. Tragó con cierta dificultad la saliva que había segregado momentos antes en su boca y caminó titubeando hasta llegar al lecho donde había sido hallada muerta su amada Mary tres días antes.

Pensar en ella resultaba extremadamente doloroso, pero el hecho de no recordarla de forma continuada resultaba mucho peor. Ronald Trenwam se sentó en el borde la cama, la cual emitió un estruendo chirriante que le hizo una vez más perder la cabeza. Se quedó callado, quieto e inmóvil y esperó a que las horas corrieran como si fueran segundos. Así pasó gran parte de aquella noche, esperando alguna clase de señal que le invitara a moverse sin embargo nunca llegó y él permaneció en aquella postura durante varias horas seguidas.

Madeleine Benatar comenzó a caminar sin rumbo fijo por las calles, con los ojos empañados en lágrimas y la mejilla aún hinchada por el último tortazo que le había propinado un cliente como pago por sus servicios. La joven muchacha de tan sólo dieciséis años de edad era demasiado bonita como para caminar sola por aquellas peligrosas calles y mucho más para ejercer una profesión tan peligrosa como la prostitución. Sin embargo, al igual que muchas jóvenes de su misma edad, era la única manera de ganarse la vida en una zona donde la miseria y la pobreza parecían ser las reinas del lugar.

Hacía tan sólo unas horas que había llegado hasta sus oídos la triste noticia de que habían matado a una mujer de cuarenta y siete años de edad llamada Annie Chapman, compañera de profesión cuyo cuerpo había sido hallado sin vida el pasado sábado 8 de Septiembre de 1888 en un patio trasero de la calle Hanbury, en Spitalfields, en el East End de Londres.

Para muchas mujeres como Madeleine Benatar el hecho de no ejercer la calle durante un solo día no era una opción así que, ignorando las amenazas y los miedos que le provocaban la mayoría de sus clientes, se adentró en un callejón oscuro, oculto por una densa y extraña niebla rojiza cuyo olor a muerte aún no había comenzado a inundar el cielo, aunque por desgracia para ella no tardaría mucho tiempo en hacerlo.

El cuerpo de Ronald Trenwam había comenzado a sufrir los primeros síntomas de malnutrición. Se sentía cada vez más débil y lo único para lo que tenía fuerzas era para abrir y cerrar los ojos de forma continuada. Su cuerpo, ahora debilitado por el hambre y la pena, yacía en el mismo lecho en el que su amada había perdido la vida. Sus grandes ojos marrones se alzaron en el cielo para observar con detalle cómo el techo aún conservaba diversas manchas de sangre de distintos tamaños. Le resultó repugnante y a su vez fascinante. No podía creerse que su alma quisiera estar en aquel lugar, y sin embargo, cuanto más alejaba de él más deseaba volver, pues entre aquellas cuatro paredes se sentía de nuevo con vida. Quizás la locura gobernara con mano dura su mente, pero estaba claro que ya no había vuelta atrás, así que se quedó allí tendido esperando a que la vida le diera la oportunidad de vengar la muerte de su amada.

¡Qué preciosidad de mujer! - Pensó Christopher Connor Macius Lestron cuando sus ojos se posaron sobre el cuerpo de Madeleine Benatar. Lo que más le fascinó de ella fue su delgada figura y sus pequeños pechos, los cuales estaban prácticamente al descubierto debido al pronunciado escote de su vestido.

Se relamió los labios y enseguida supo que tenía que ser ella. Hundió su cuerpo contra la pared y esperó con impaciencia a que llegara el momento oportuno para poder abordarla por la espalda.

En aquella oscura calle lo único que se podía oír era el sonido de sus zapatos golpeando con fuerza el suelo. De vez en cuando la joven Madeleine Benatar solía desviar la mirada con el único fin de asegurarse de que nadie la abordaría por detrás. Sus ojos estaban atentos a cualquier detalle, sin embargo no había ni rastro de hombre alguno al que pudiera acercarse para poder intentar sacarle unas monedas a cambio de sus servicios. Se sentía decepcionada consigo misma, no podía creer que hubiera tomado aquel camino erróneo. Sin embargo, ya había recorrido más de la mitad del camino para dar marcha atrás, así que continuó caminando con paso firme, ajena al peligro al que estaba a punto de enfrentarse.

Ronald Trenwam se quedó sin aliento. Su piel había adquirido un color blanco pálido y sufría de fuertes convulsiones por todo el cuerpo debido al miedo que estaba pasando. No se atrevía a articular palabra alguna, los vocablos que tanto necesitaba pronunciar se habían atascado en el comienzo de su garganta. Pestañeó repetidas veces como si aquella ilusión fuera tan sólo producto de su imaginación.
Diversas gotas de sudor frío comenzaron a recorrer su espalda al comprobar cómo el fantasma de su amada Mary tomaba asiento en el mismo lugar en el que horas antes había estado él sentado. La miró fijamente a los ojos y ella le devolvió la mirada. La lengua se le había hecho nudo y sin embargo necesitaba pronunciar para saber que lo que estaba sucediendo no era tan sólo producto de su imaginación.

La transparente mano de ella se alzó en el aire, quería tocarle, pero él retrocedió apresuradamente como si temiera morir en manos del fantasma de su amada Mary.

Ronald Trenwam se sintió sumamente apenado al descubrir lo que el miedo puede hacer en las personas, así que volvió sobre sus pasos y dejó que ella le tocara. En el mismo instante en el que la mano de ella se posó sobre su mejilla, él pudo revivir el horror que había padeció su amada en aquella habitación durante varias horas. La sensación fue tan atroz que su cuerpo no lo pudo soportar y tuvo que echarse a un lado para poder vomitar.

La bilis expulsada le dejó un mal sabor de boca, aunque no se podía comparar en absoluto al dolor que estaba padeciendo su alma en aquellos mismos instantes. En aquella terrible visión ella le había mostrado el rostro de su asesino y se juró a sí mismo que el día en el que se vieran las caras él mismo le daría muerte, aunque para ello tuviera que vender su alma al mismo diablo.

Los meses corrieron en el calendario como si fueran segundos. Christopher Connor Macius Lestron había detenido su actividad criminal el mismo día en el que abordó por sorpresa a la joven Madeleine Benatar, quien por desgracia para él había logrado escapar con vida a pesar de las ocho puñaladas que le había asestado en diversas partes del cuerpo.

El nombre de “Jack, el destripador” ya se había hecho un hueco en la historia negra de Londres y sin embargo él seguía siendo un vulgar asesino que se había cobrado la vida de una sola mujer. Maldijo su mala fortuna y ahogó su desgracia y pesar en la bebida. Por suerte para él, la policía estaba demasiado ocupada buscando al popular asesino como para prestarle atención.
En cierta medida se sintió aliviado, pues había decidido que esa misma noche iba a volver a retomar su actos delictivos y esta vez se aseguraría dejar su propia huella en la historia.

Se tomó el último trago de su cerveza y salió de forma apresurada de la taberna. Apenas había puesto un solo pie en la calle cuando se dio cuenta de que estaba lloviendo a cántaros y hacía demasiado frío, por lo que la gente se habría cobijado en diferentes lugares haciendo mucho más difícil su caza. Sin embargo había decidido no perder la calma, por lo que se fue adentrando por diferentes callejones con el único fin de encontrar a su siguiente víctima.

Ronald Trenwam había seguido los pasos del asesino de su amada desde el mismo día en el que el espíritu de ella se apareció ante él en la habitación en la que había sido asesinada. Sin embargo, algo dentro de él había cambiado, ahora era un hombre completamente nuevo y estaba a punto de demostrárselo a sí mismo.

Christopher Connor Macius Lestro caminaba con paso firme por Gunthorpe Street, en Whitechapel. Se sentía inseguro, estaba convencido de que alguien le estaba siguiendo pero no había visto a nadie. Durante unos instantes pensó que era producto de su imaginación, pero a medida que el callejón se iba quedando más oscuro sintió deseos de ponerse a gritar aunque no iba a hacerlo. Casi había llegado al final de la calle cuando se encontró cara a cara con un hombre más alto que él, el cual le estaba impidiendo el paso.

- ¿Sabes quién soy? - Le gritó el otro hombre con una voz poderosa y aterradora.

Él negó con la cabeza mientras intentaba dar la vuelta y salir corriendo de aquel lugar. Lamentablemente para él aquel hombre se abalanzó sobre su cuerpo clavándole los colmillos en su cuello hasta dejarlo sin gota de sangre. Cuando Ronald Trenwam se levantó le dio una fuerte patada a su víctima y le confesó: - Yo soy tu propia muerte. Y he venido a hacer mi propia justicia.


-FIN-

NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2012 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Mi novela "Cartas a mi ciudad de Nashville" disponible en la web y en blog. Todos los derechos reservados © 2014-2021.


Vie Dic 02, 2016 11:19 pm
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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España