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III Concurso de Relatos “21 De Marzo” de Tres Cantos. (II) 

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III Concurso de Relatos “21 De Marzo” de Tres Cantos. (II) 
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Registrado: Mié Mar 21, 2007 12:17 pm
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Título de la obra: La última tumba Publicada el 2012. III Concurso de Relatos “21 De Marzo” promovido por el Ayuntamiento Tres Cantos (Madrid)

Lectura completa: La última tumba

Anne-Lise decidió por propia voluntad tomar una pequeña bocanada de aire. La cantidad justa y necesaria para no quedarse sin aliento. Fue entonces cuando fue plenamente consciente de que las pocas fuerzas que le quedaban habían vuelto a ella, así que con una pasividad casi pasmosa comenzó a alzar con suavidad su pequeña y delgada mano. Con un ligero movimiento de muñeca sus dedos parecieron recobrar la vida y fue entonces cuando pudo llegar a recogerse un pequeño mechón de su larga melena de color castaño claro y colocarlo con sumo cuidado detrás de su oreja. Este simple gesto, carente de esfuerzo alguno, le había llevado a consumir una gran parte de su tiempo.

Su delgado y estrecho cuerpo se estaba consumiendo a un ritmo acelerado y, sin embargo, no parecía importarle ni lo más mínimo. Su juvenil rostro había comenzado a perder todo rastro de belleza, sus ojos de un intenso color verde habían perdido todo el brillo que les caracterizaba. La parte inferior de sus párpados había logrado adquirir un tono oscuro casi negruzco, la falta de sueño y el estrés acumulado durante más de dos años habían comenzado a pasarle factura.

En el interior de la casa reinaba un silencio sepulcral. Ni tan siquiera la ligera respiración de Anne-Lise parecía ser capaz de sacar a aquella casa de su propia pesadilla. Con sumo cuidado la joven permitió que su hombro izquierdo descansara sobre la pared recientemente pintada de un tono oscuro y lleno de melancolía. Sus pupilas no tardaron demasiado tiempo en quedarse ancladas en un punto fijo ubicado en el parque exterior que había junto a su casa. La vegetación de la zona lograba teñir aquel lugar con un tono verde esperanza, sin embargo los transeúntes que merodeaban por los alrededores del lugar parecían ser inmunes a la extraña belleza de aquel paisaje.

Anne-Lise pestañeó repetidas veces como si sus ojos intentaran despertar de un mal sueño. Al no conseguir lo que se proponía tomó la siguiente decisión de forma mecánica: iría a hacer algo de café. Su cuerpo extremadamente delgado se apartó con dificultad de la ventana exterior de su dormitorio. Parecía imposible creer que aquella mujer que durante tantos años había vivido una vida plena y llena de aventuras ahora viviese y observase al mundo a través de aquel minúsculo habitáculo.

Las desgastadas zapatillas de andar por casa ya comenzaban a sufrir severos trastornos de desgaste, sin embargo una vez más pasaron desapercibidas para ella, como todo cuanto había a su alrededor. La cama llevaba meses sin hacerse, las sábanas de su lecho habían adquirido un olor rancio, el interior de la vivienda comenzaba a tener huéspedes molestos como las manchas de moho que habían comenzado a crecer en el interior de su cuarto de baño. Anne-Lise nunca había sido una mujer a la que le gustara vivir en la inmundicia, pero las circunstancias de la vida habían trastocado tanto su mente que le habían hecho perder el contacto con la realidad hasta el punto de encerrarse en sí misma y olvidarse de llevar una vida normal.

Se veía incapaz de caminar de manera normal, así que poco a poco fue arrastrando los pies hasta llegar a la cocina. Las sillas de madera habían perdido parte de la coloración natural que les caracterizaba. Una de ellas se encontraba volcada, otra ubicada en la otra punta de la sala, y las dos restantes que quedaban sostenían numerosas montañas de periódicos atrasados en las que se veía a una joven Anne-Lise con el rostro descompuesto por el dolor sosteniendo entre sus dedos un marco con la foto de su hijo pequeño Nathan, de tan solo cuatro años de edad. Los titulares rotulados en un tono más oscuro hablaban sobre la desaparición del pequeño niño, quien había sido visto por última vez por su madre jugando en los pasillos del residencial donde vivía. A pesar de que el caso seguía abierto, la policía no tenía ninguna clase de pista con la que poder empezar y, aunque nadie lo dijera en voz en alta por miedo a ser tachado de loco, todos los agentes designados tenían la extraña sensación de que la tierra se había abierto y había engullido al pequeño niño al interior de sus propias entrañas.

Desde el mismo instante en el que su hijo despareció la vida de Anne-Lise no volvió a ser la misma. El constante sentimiento de culpa la había logrado exiliar del mundo exterior, incluso su propio marido, cansado de sus continuos estados de ánimo, la había abandonado a su suerte. Sin embargo, él había encontrado en la desaparición de su hijo la excusa perfecta para abandonar a su mujer e irse a vivir con el amor de su vida, una joven estudiante de diecinueve años de edad que a su vez trabaja como modelo de bellas artes en la misma universidad en la que él impartía clases.

Para Anne-Lise aquella infidelidad nunca había significado nada, ella tenía lo que siempre había querido: un hijo, y desde el mismo día en que desapareció de su vida su perfecto mundo se había derrumbado por completo. Con el único fin de salvar las apariencias y demostrar su inocencia ante la opinión pública, Trevor, el ex-marido de Anne-Lise, solía ingresarle mensualmente una pequeña pensión alimenticia con la que ella podía sobrevivir si se lo proponía. La hermana pequeña de Anne-Lise, consciente de los problemas monetarios y mentales de su hermana, solía visitarla a menudo para ayudarla en todo cuanto podía. Las visitas familiares solían venir acompañadas de recuerdos demasiado dolorosos para ambas hermanas, así que finalmente tuvieron que ir reduciendo el número hasta convertirlo en encuentros casuales que realizaban de forma anual con el único fin de no perder el poco contacto que mantenían.

Anne-Lise se movió con cierta lentitud, alzó los brazos, se aferró con fuerza al pomo de los armarios y los abrió con sumo cuidado para poder examinar con detalle aquellas baldas vacías y llenas de polvo. Los últimos granos de café molido permanecían guardados en el interior de un bote de cristal trasparente. Sus dedos pequeños movieron el tarro de cristal y su mano derecha lo aferró con fuerza. Lentamente fue sacándolo hasta que logró depositarlo con sumo cuidado sobre la encimera de la cocina, ocultando a simple vista unas grandes manchas de restos de comida de la semana anterior. Sus pies la llevaron hasta la otra punta de la cocina. Acto seguido encendió la cafetera y esperó a que el agua que había en el interior de ésta se calentara. Volvió a por el frasco de café y lo tomó entre sus manos, y en el mismo instante en el que dirigía sus pasos de vuelta a la cafetera el teléfono, que se encontraba a escasos metros de ella, comenzó a sonar.

Los tonos eran repetitivos y anormales, sonaban de forma irregular y su duración solía tener distintas variaciones. En un principio Anne-Lise decidió que lo mejor que podía hacer era ignorarlo, pero dada la insistencia de su interlocutor decidió tomar cartas en el asunto. Una vez más arrastró su delgado cuerpo hasta colocarse enfrente de la mesilla de cristal, descolgó el auricular de su teléfono antiguo de color negro y contuvo la respiración. No quería hablar, así que dejó que el auricular poco a poco fuera descendiendo hasta quedarse apoyado sobre la mesilla. Su interlocutor no articuló palabra alguna, y ambos permanecieron en silencio al menos durante un minuto.
Ella no se movió del lugar y el auricular no pronunció palabra alguna. Anne-Lise esperó otro minuto más guardando un sepulcral silencio. Cuando estuvo segura de que podía desplazarse sin ser descubierta por su interlocutor comenzó su camino de retorno a la cocina. Solamente se detuvo cuando la familiar voz de un niño pequeño al otro lado de la linea la obligó a volverse velozmente y a tomar entre su manos el auricular, acto que provocó la inmediata caída del frasco de café. Los pequeños granos molidos quedaron esparcidos por todo el suelo, al igual que los diferentes fragmentos de cristal.

- Mami. ¿Dónde estás? Mami, no puedo verte... ¿Es que acaso ya no me quieres? ¿No quieres que vuelva a casa contigo? ¡Mami!

De los cansados ojos de Anne-Lise comenzaron a brotar un sin fin de lágrimas, tan densas y gruesas que enturbiaron la visión de aquella habitación. Su resquebrajada voz intentó reprimir un alarido de dolor. Quería verle, necesitaba estar con él, decirle cuánto le quería y cuánto le había echado de menos, pero su cansada mente comenzó a trabajar más deprisa que sus palabras y lo único que pudo pronunciar fue:

- Amor mío, ¿Dónde estas?

- ¿Mami? No puedo verte. ¿Dónde estás?

Anne-Lise era plenamente consciente de que su hijo pequeño no sabría decirle dónde estaba, así que tendría que poner todos sus sentidos en alerta si quería recuperarle. Alentada por la idea de volver a ver a su pequeño con vida intentó mantener a su hijo el mayor tiempo posible al otro lado de la línea.

- Cariño, escúchame bien. Mamá quiere que vuelvas a casa. ¿Me oyes? Pero debes decirme dónde estás para que pueda ir a buscarte.

Las palabras de Anne-Lise resonaron con fuerza en aquella habitación llena de mugre y telarañas. Su voz, aún desgastada por el dolor, había comenzado a teñirse con cierto tono de esperanza. Sin embargo, sus palabras parecieron caer en saco roto cuando al otro lado de la línea la voz de su hijo no volvió a resonar en el auricular. En el interior de su pecho, la ira y la rabia habían comenzado a llenar sus pulmones de aire y en un último intento por conocer el paradero de su hijo lo llamó por su nombre hasta quedarse sin fuerzas.

- ¡Mami...!

Aunque lejana, la voz de su pequeño volvió a llenar su corazón de esperanza. Aquel sobreesfuerzo había merecido la pena. Anne-Lise cerró los ojos, tragó saliva y comenzó a llorar con todas sus fuerzas, mientras intentaba no perder la calma.

- Mami, ¿cuándo vendrás a buscarme? Aquí hace mucho frío y el ruido no me deja oírte bien. ¿Mami? - Aunque la voz del pequeño Nathan sonaba vibrante y llena de vida, su madre sintió los miedos de su pequeño a medida que su voz comenzó poco a poco a desparecer como si algo se estuviera interponiendo entre ambos.

El temor de Anne-Lise a perder de nuevo el contacto con su hijo obligó a ambas partes a a trabajar de forma conjunta.

- Cariño, sé que quieres volver a casa, y créeme cuando te digo que tengo muchas ganas de volver a verte, pero para que pueda encontrarte primero tendrás que decirme dónde estás o qué objetos o lugares tienes a tu alrededor.

El pequeño Nathan dio una pequeña bocanada de aire. Dada su baja estatura y la presión a la que estaba siendo sometido le costaba mucho concentrarse en las palabras de su madre.

- Mami, quiero volver a casa. Quiero estar contigo.

Anne-Lise se frotó los ojos y sintió un terrible escozor en ellos, se le estaban irritando debido a la falta de higiene. Se maldijo durante unos segundos por haberse convertido en una mujer tan descuidada, pero ahora mismo esa idea no tenía la menor importancia dado el problema que tenía entre manos.

- Lo sé, mi pequeño, pero para poder ir a buscarte debo saber al menos por dónde debo empezar a hacerlo. - Anne-Lise tomó una pequeña bocanada de aire y continuó hablando. - ¿Cariño, a qué estabas jugando el día en que desapareciste? ¿Dónde fuiste después de que mamá te viera jugando en el pasillo del residencial?

El pequeño Natham respiró profundamente, sus labios titubearon y sin apenas aliento respondió: - A la habitación oscura... - Tragó saliva antes de continuar.- Esa que hace tanto ruido, la que no deja dormir a la señora Lemont.- Sus palabras se llenaron de un sentimiento de tristeza cuando recordó a su vecina, con la que se llevaba tan bien. - Mami, ¿Estás enfadada conmigo?

Anne-Lise no podía creerse que su hijo hubiera estado todo este tiempo en el cuarto de calderas. Aquella idea era totalmente absurda, ya que la policía había registrado todo el edificio a conciencia sin dejarse ninguna habitación por explorar. Molesta y algo enfadada volvió a reformular una nueva pregunta con la esperanza de que su hijo le dijera la verdad.

- Natham, cariño, no me gusta que me mientas y lo sabes. ¿Dónde estás? Si no me lo dices no podré ir a buscarte. Y no creo que quieras eso ¿verdad?

Los quejidos del niño se hicieron pronto latentes, no le gustaba que le tomaran por un mentiroso, pero su madre creía que lo era, lo que acabó por hundirle.

- Mami, te estoy diciendo la verdad. Alexandre y yo estábamos jugando con mi conejito Davy, cuando la pared de la habitación oscura se abrió. Alexandre dijo que tenía que irse a su casa, pero yo quería seguir jugando con él así que le seguí a través del agujero de la pared. Sé que hice mal al no pedirte permiso, pero me estaba divirtiendo con él. Pero mami, ya no quiero seguir jugando, este lugar me da miedo, quiero volver a casa, estoy cansado de estar aquí. Además hay monstruos que quieren hacernos daño. Mami, quiero volver a casa. Tengo miedo, mucho miedo.

La línea comenzó a sufrir interferencias. Al principio fue como un simple siseo, pero al final de la conversación Anne-Lise apenas podía oír nada. Lo último que captó de la conversación con su hijo fue ¡Mami, ven a buscarme pronto! ¡No quiero estar aquí más tiempo!

Anne-Lise meneó la cabeza en un intento desesperado por volver a retomar la conversación con su hijo. Le llamó sin cesar pero la llamada se cortó casi al instante. En su mente las palabras de su pequeño no cesaban de resonar como si fueran trompetas.

Natham siempre había sido un niño muy tímido e imaginativo, así que creó en su mente a un amigo imaginario llamado Alexandre con el que siempre solía jugar hasta altas horas de la noche. La idea de que su hijo hubiera permanecido durante más de dos años en el cuarto de calderas era ridícula, alguien le habría encontrado, se lo habría devuelto o él mismo habría podido volver a casa si así lo hubiera querido. Sin embargo, la idea de que pudiera estar allí abajo, solo y atrapado, la hizo enloquecer. Anne-Lise no se lo pensó dos veces y echó a correr hasta que sus manos chocaron con la puerta de casa, no sabía dónde había puesto las llaves y durante más de una hora removió todos los muebles para encontrarlas. Antes de lo esperado recordó que las había arrojado por una de las ventanas en un arrebato de locura con el único deseo de morir completamente sola entre aquellas cuatro paredes. Por suerte para ella, su ex-marido guardaba una copia en su antiguo despacho. Entró en la diminuta habitación en la que él solía trabajar tan a menudo y comenzó a rebuscar entre los cajones de su escritorio. Cuando desenterró el pequeño objeto de debajo de un sin fin de facturas pendientes de pago corrió con ellas en la mano hasta alcanzar la puerta exterior de su casa. Introdujo las llaves en el interior de la cerradura, las hizo girar en el mismo sentido que las agujas del reloj y salio corriendo del interior de su casa dejando atrás la puerta abierta.

Casi sin aliento bajó los escalones hasta llegar al cuarto de calderas. Por suerte para ella el edificio en el que vivían era tan viejo que la puerta siempre permanecía abierta dado que solía atrancarse con bastante facilidad cada vez que echaban la llave.

Uno a uno fue bajando los escalones de aquel frío y húmedo lugar. Aquella habitación estaba sumida en la más absoluta oscuridad, el ruido que emitían las calderas era insufrible y sin embargo al pequeño Natham le encantaba jugar en aquel lugar porque según él, su amigo Alexandre vivía allí. Aunque ella le había advertido miles de veces que no debía bajar solo, Natham siempre solía escaparse para divertirse un rato con su amigo imaginario y su juguete de peluche.

- Cariño, ¿me oyes? Soy mamá. ¿Dónde estás? - La voz de Anne-Lise se alzó con fuerza intentando romper el incesante ruido de aquel lugar, pero para su desgracia no hubo respuesta.

Anne-Lise bajó con precaución todos los escalones de aquella larga habitación. A medida que descendía la oscuridad era cada vez más profunda y no podía ver nada. Temiendo partirse la cabeza se aferró con fuerza a la inestable barandilla que no cesaba de moverse de un lado para otro. Antes de que pudiera darse cuenta su pie derecho ya habia alcanzado el último escalón.

El ruido era tan intenso que apenas podía oír sus propios pasos. Con miedo a sufrir una aparatosa caída arrastró sus pies con tan mala fortuna que acabó por golpear a un roedor muerto. Anne-Lise se asustó tanto que comenzó a correr de un lado para otro en mitad de aquella densa oscuridad. No tardó en darse cuenta de que no sólo no podía ver nada, sino que además no sabía por dónde iba y a pesar de estar al borde de un ataque de nervios la idea de volver a ver a su hijo pequeño le hizo tomarse la situación con un poco más de calma.

Caminó con paso firme y decidido sin saber que estaba dando vueltas en circulo. Quería encontrar a su pequeño. Sin embargo, lo único que pudo hallar en aquel lugar fue su propia muerte cuando su pequeño cuerpo cayó al vacío a través de un amplió agujero ubicado en la tierra. Sus propios gritos de terror fueron las únicas voces que allí se escucharon, y mientras caía al vacío Anne-Lise se dio cuenta de que su propia locura le había hecho imaginarse que su hijo aún seguía con vida.



-FIN-

NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2012 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Mi novela "Cartas a mi ciudad de Nashville" disponible en la web y en blog. Todos los derechos reservados © 2014-2021.


Vie Dic 02, 2016 11:31 pm
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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España