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XXX Certamen de Cuento Corto Laguna del Duero 2010. 

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XXX Certamen de Cuento Corto Laguna del Duero 2010. 
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Título de la obra: Libéranos del mal. Publicada en 2010. XXX Certamen de Cuento Corto promovido por el Ayuntamiento Laguna de Duero (Valladolid)

Lectura completa: Libéranos del mal

Sobre aquel lecho de caoba maciza, con columnas enroscadas sobre sí mismas y un dosel de tela que envolvía todo su cuerpo, yacía un hombre cuya pena era tal que hasta el cielo al comtemplarlo desde la ventana no podía dejar de llorar.

Las velas de cera amarillenta que descansaban sobre caros candelabros de plata brillaban con una intensidad anómala, como si con este acto de penitencia pudieran aliviar el dolor que estaba consumiendo a su señor, día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo.

Jean-Paul de Briganess había cometido el peor acto de todos, amar y ser amado por una mujer de color en una época en la que la sola idea de amar a una ser humano de raza inferior a un blanco era un delito capital. Y aún así, incluso aún a riesgo de su vida, ambos jóvenes habían decidido jurarse amor eterno desde el primer día que se conocieron, cuando tan sólo eran unos niños.

Sus ojos, que hasta el momento habían permanecido cerrados, se abrieron de par en par, permitiendo de esta manera que la suave y cálida luz entrara a través de sus retinas. El iris de color verde oliva ahora tenía un halo de color rojizo alrededor del ojo, una tonalidad que había sido conseguido gracias a las lágrimas que se habían ido vertiendo durante horas o quizás días, no lo recordaba y tampoco le interesaba demasiado poder hacerlo.

Jean-Paul examinó con detalle su nueva estancia. Extraña y con apenas muebles tenía poco que hacer, pero aún así y a su parecer le sobraba espacio y le faltaban recuerdos.

Sus dedos se deslizaron con cuidado hasta llegar al interior de su chaleco de seda brocado. Las puntas de éstos se movieron con soltura en el interior del bolsillo intentando hallar un viejo recuerdo de familia, pero en aquel pequeño espacio de tela no había absolutamente nada. El miedo le nubló la mente durante un par de segundos. Sus dedos volvieron a rebuscar con premura aquel objeto que con tanta dedicación había estado buscando pero no lo encontraron.

Sus manos se abalazaron con rapidez sobre el candelabro de plata cuyas velas estaban ya practicamente consumidas y descansaban sobre aquel objeto apoyado en un viejo escritorio de madera.

Jean-Paul buscó sin descanso, pero de nuevo y muy a su pesar no encontró el objeto que con tanto ahinco estaba buscado. No quiso rendirse, pero su cansado cuerpo, debilitado por la falta de alimentos, y el cansacio acumulado le hicieron desplomarse una vez más con cuidado sobre aquel lecho deshecho.

La portuezuela por la que solían alimentarle se movió una vez más, dejándole una pequeña bandeja con pequeños platos de comida. Una mano masculina y robusta se movió con rapidez y se alejó con la misma premura con la que había entrado. No hubo más contacto entre su carcelero y él.

Los ojos de Jean-Paul se quedaron fijos en aquella bandeja. La comida que le habían traído se componía de un muslo de pollo, unas berenjenas hervidas y un vaso de agua con una pequeña rebanada de pan. De postre unos gajos de manzana ya pelados. Nada más.

Sus manos temblaron cuando el aroma del guiso de pollo llegó hasta la punta de su nariz y sus dedos traquetearon suavente mientras la boca se le hacía agua.

Jean-Paul, cuya mirada fija estaba puesta en sus alimentos, pasó un detalle muy importante. Delante de sus ojos ahora había una figura femenina que descansaba delante de la chimenea sentada sobre su sillón orejero, cuyas manos estaban cubiertas por unos guantes negros y cuyos dedos sujetaban con fuerza un candelabro de plata con unas velas negras sin encender.

- Buenas noches, señor Briganess. - Los labios de color rojo carmesí se movieron con premura mientras la mujer se alzaba sobre unos enormes tacones de aguja, y cuyos zapatos quedaron cubiertos por un largo vestido de encaje y seda blanca.

Jean-Paul se quedó sin aliento, todo su cuerpo comenzó a temblar y por un solo instante creyó que sus piernas acabarían convirtiéndose en gelatina.

- ¡Oh! Mi querido amigo, no tema. No le voy a hacer nada malo. - La mujer esbozó una larga sonrisa dejando entrever unos afilados y largos colmillos de color perla.

Jean-Paul retrocedió sobre sus pasos de forma muy lenta, sujetando con fuerza su bandeja e intentando alcanzar el crucifijo que se encontraba colgando sobre el cabecero de su lecho.

La mujer, que momentos antes se había levantado del sillón orejero, ahora se encontraba caminando de forma sensual por aquella estrecha habitación. No tardó en alcanzar su destino, el escritorio de Jean-Paul.

- ¿Quién es usted?- Preguntó el joven hombre al que apenas le salía una palabra de aliento del interior de su boca.

La mujer esbozó una enorme sonrisa mientras ladeaba su cuerpo para posar sus ojos sobre los de él.

- Dígamos, mi querido amigo, que tengo muchos nombres.

Jean-Paul estaba desconcertado, no sabía ni qué decir ni qué hacer, así que se quedó mirandola fijamente.

- He venido en respuesta a tus plegarias.

Jean-Paul, que hasta aquellos momentos no había dicho o hecho nada, recobró parte del sentido.

- Yo no te he llamado.- Dijo casi sin voz.

La mujer asintió con la cabeza, afirmando lo que él con tanto deseo estaba intentando negar.

- Sí que lo has hecho, puede que no a voces, puede que no de la manera que tú piensas, pero me has llamado y he venido a ayudarte.

Jean-Paul comenzó a palidecer tan deprisa que pensó que en cualquier momento iba a desmayarse.

- Yvet, ¿no es así como se llamaba tu prometida? - Dijo la mujer de forma despreocupada.

Jean-Paul asintió con la cabeza.

- ¿Cómo sabe usted eso? ¿Cómo sabe cómo se llamaba el amor de mi vida?

La mujer esbozó una enorme sonrisa acompañada de una larga carcajada sonora que hizo que los músculos de Jean-Paul se relajaran de forma apresurada.

- Querido, yo lo sé todo. - Sus labios se cerraron con una sonrisa maliciosa.- Bien, he venido a proponerte un trato.

Jean-Paul despositó con cuidado la bandeja sobre su lecho y se encaminó hasta el lugar en el que la mujer descansaba ahora de pie.

- ¿Qué clase de trato? - Le dijo con cierta expectación.

La mujer desvió la mirada hasta el lugar donde se encontraba el candelabro de plata de Jean- Paul.

- ¿Qué me darías a cambio si yo pudiera darte la fuerza que necesitas para vengarte de aquellos que te apartaron de quien más amabas?

- Mi corazón, mi alma y mi sangre.

La criatura ascendió suavemente la yema de sus dedos hasta alcanzar su boca. Sus afilados dientes desgarraron con suavidad las puntas de sus dedos. Se las lamió y a continuación se mordió la muñeca vertiendo sobre la boca Jean-Paul una importante cantidad de sangre.

- Ahora, mi querido amigo, la venganza será tuya.

Y en aquellos momentos las luces que hasta el momento habían iluminado la estancia se apagaron, y sólo volvieron a la vida las velas de color negro que el mismo Jean-Paul había conseguido encender cuando volvió del mundo de los muertos con un único deseo: matar a aquellos que tanto dolor le habían causado.


NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2010 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España