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XXXIII Certamen de cuento corto Laguna de Duero 2013. (I) 

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XXXIII Certamen de cuento corto Laguna de Duero 2013. (I) 
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Título de la obra: Caso número 0012XCV12 Publicada el 09/08/2013. XXXIII Certamen de Cuento Corto promovido por el Ayuntamiento Laguna de Duero (Valladolid)

Lectura completa: Caso número 0012XCV12

La “Habitación 669”, cuyo número se encontraba descolocado e inclinado hacia un lado, creaba en sus ojos una falsa ilusión óptica que lograba confundirle, pues él mismo dudaba de cuál era la numeración exacta de aquel pequeño habitáculo ubicado en el ala oeste de la torre. Las astilladas cifras de madera y las letras descoloridas decoraban la celda metálica oxidada, agrietada y ferrosa, con un color tan característico que incluso a simple vista parecía ser un objeto decorativo agradable a los sentidos si no fuera porque se encontraba perdido en aquel insólito paraje alejado de la civilización y engullido por un frondoso bosque que, al igual que aquellas viejas paredes, daba la impresión de que se moría a cada hora que él pasaba en el interior de aquel lugar.

La escasez de recursos tanto humanos como financieros fue lo primero que le llamó la atención en el mismo instante en el que puso un pie en aquel edificio que se caía a pedazos y cuya seguridad era precaria, puesto que el único hombre que vigilaba la entrada y salida de acceso al recinto se pasaba las horas del día dormitando en su silla con las piernas cruzadas encima de la mesa y su gorra de seguridad apoyada sobre su cara para que los molestos rayos de sol que entraban a primera hora del día no incidieran sobre su viejo y arrugado rostro y le desvelaran en mitad del sueño. Le sorprendió que cuando aquel hombre recobraba la consciencia ni tan siquiera era capaz de recordar donde estaba, hasta que alguno de los escasos miembros del personal que allí trabajaban le informaba de sus funciones. Se sintió profundamente abatido, como si le golpeasen con violencia la intangible y frágil alma. Rumió en su mente el recuerdo de hacía unas horas, y esperó tal y como se le había ordenado a que el Dr. Maxwren autorizada la apertura de la celda. Suspiró y sintió como los molestos segundos se le clavaban en la piel como si de agujas de coser se tratase. Aferró su maletín con fuerza, el sudor de las palmas le obligaba a curvar con fuerza las articulaciones para evitar que se le cayera de las manos. Respiró el pestilente aroma que allí se gestaba, y le sorprendió que semejante olor pudiera sobrevivir en una zona cuyas ventanas rotas y sin cristales dejaban pasar el frío aíre invernal, que había comenzado a escarchar sus negros cabellos.

No sabía dónde posar la mirada, puesto que ambas partes de su cuerpo se encontraban flanqueadas por dos celadores vigorosos y forzudos, cuyas espaldas curvadas y llenas de pelos les daban un aspecto agresivo y violento. Entre aquellos dos hombres se sintió como un insecto a punto de ser aplastado si no se andaba con cuidado. Sus dientes castañeaban por el frío en el interior de sus labios, pero no se atrevió a emitir queja alguna puesto que su valentía se encontraba arrinconada en una esquina de su corazón. Creyó oír el sonido de sus pasos rompiendo el incómodo silencio, pero no se atrevió a levantar los ojos del número de la celda, y ni tan siquiera se vio capaz de darse la vuelta o girar el cuello para comprobar si las voces que estaba escuchando eran reales o simplemente un fruto de su alterada imaginación cansado por su deseo de salir lo antes posible de aquel lugar. Oyó pronunciar su apellido en los labios de una mujer, pero hasta que no estuvo seguro de que le llamaban por su nombre completo no se dignó a levantar la mirada y saludar con un simple gesto de cabeza a las dos personas que caminaban hacia donde él les estaba esperando.

El director responsable del hospital psiquiátrico se encontraba ya sumido en una edad en la que el cuerpo humano comienza a ir en declive. Las arrugas de su piel, los párpados caídos, la flaccidez de la piel y las bolsas ubicadas debajo de sus ojos agravaban su imagen de hombre serio y poco hablador. Sufría de alopecia androgénica, algo muy común en hombres de su edad con grandes puestos de responsabilidad a su cargo. Dudó de si debía de separarse de los celadores que le custodiaban para estrechar con efusividad la mano del doctor Maxwren, pero dado que él no hizo ningún gesto por recibirle para darle la bienvenida se quedó quieto esperando a que la enfermera y él hicieran el siguiente movimiento.

- Ahora preparemos a la paciente. - La enfermera hundió su mano en el interior del bolsillo para extraer la llave de la celda. - Usted deberá permanecer aquí solo hasta que yo le avise.

Asintió con la cabeza. Incluso el simple gesto de inclinarla le provocó tirantez en su rígido cuello que ahora le dolía más que nunca debido al estrés. Tenía unas terribles ganas de orinar, pero no se atrevió a excusarse para ir al servicio puesto que el simple hecho de estar allí ya le había hecho ganarse un buen número de enemigos que le aseguraron que ellos no saldrían perjudicados en el hipotético suponer de que “su historia” viera la luz. Si eso ocurría, si llegara a darse el caso de que el historial de la paciente número 0012XCV12 atraía a la molesta prensa de la época, ávida de nuevas noticias con las que cebarse en la desgracia ajena, el buen doctor podría despedirse para siempre de su licenciatura para ejercer como médico dentro y fuera del país. Quiso llevarse la mano a la boca pero no pudo, el miedo le mantenía paralizado. Las presiones, las falta de sueño, el largo viaje y los problemas personales le estaban pasando factura. El sonido de la llave introduciéndose en el interior de la cerradura le devolvió a la realidad. Odiaba el chasqueante sonido que emitía y se ahogó en sus propias emociones al rememorar los años que estuvo visitando a su madre en un hospital semejante al de su nueva paciente.

Los celadores abandonaron su posición, y en el mismo instante en el que lo hicieron el gélido aire entró por la rota ventana, como el rígido y guiado soplo que un amigo te da cuando quiere asustarte. La fría brisa le provocó un escalofrío que le hizo perder la compostura y a punto estuvo de dejar caer su maletín sobre sus pies. La enfermera siguió a los celadores sin decir nada. Por último entró el doctor Maxwren en la habitación de paredes acolchadas, sin tan siquisiera desviar la mirada de su objetivo y animarle a esperar pacientemente el tiempo suficiente como para hacerle comprender que debía tener paciencia si quería estudiar el caso número 0012XCV12.

Cuando la puerta se cerró no se oyó nada en su interior. Creyó que lo mejor que podía hacer era esperar en la misma posición en la que le habían dejado, pero dado que los segundos se iban convirtiendo en largos minutos que alcanzaron los tres cuartos de hora, creyó oportuno despegar una de sus manos de su cuerpo y alzarla poco a poco en el aire con el fin de golpear la metálica puerta para llamar la atención de los hombres y la mujer que se hallaban en su interior. La insaciable curiosidad que sentía le abrumaba, el frío cada vez era más intenso, y los rayos del sol ya empezaban a enredarse en las hojas de los árboles, el sol no tardaría demasiado tiempo en ponerse, lo que le dificultaría seriamente hallar el camino de vuelta a la carretera para tomar el único autobús que pasaba ya por aquella zona. Su insegura mano no sabía qué debía hacer, así que finalmente la apoyó contra la fría puerta y la empujó hacia atrás con el único fin de golpearla. Pero en el último segundo se contuvo, pues el sonido metálico le distrajo y las bisagras se movieron, y él comenzó a vislumbrar entre la escueta rendija la decrépita estancia en la que la mantenían encerrada.

El olor le golpeó brutalmente la cara. Inundó por completo sus fosas nasales, y alzó del interior de su estómago aún en proceso digestivo su última comida amenazando con expulsar el alimento en forma de vómito por la boca si no era capaz de contener la respiración durante el largo proceso al que iba a someter a la paciente. Tragó saliva, tantas veces y de forma tan compulsiva que dejó casi toda su boca y lengua seca por completo. Le escocían los ojos, los párpados se sobreforzaron a sí mismos por mantener las cuencas oculares limpias y el cuerpo del joven doctor hizo todo cuanto estuvo en sus manos por mantener el tipo sin llegar a tambalearse o flaquear en el mismo instante en el que le invitaron a entrar.

- Pase. - Le costó reconocer la siseante voz de la enfermera, cuyo rostro se encontraba cubierto por una máscara antigás de origen belga que él mismo reconoció, pues su abuelo aún conservaba una en el despacho de su domicilio particular.

Acto seguido le ofreció a él, alegando que era por su seguridad y que debía ponérsela si quería estudiar el caso de la paciente. No tuvo que convencerle de lo contrario, así que aceptó lo que la mujer le ofrecía sin rechistar y se la puso antes de ser guidado a través de una nueva sala acondicionada expresamente para la paciente.

- Deme el maletín. - Agregó la mujer. - Lo único que podrá emplear para recodar todos los datos será su memoria. No podemos arriesgarnos a que sufra algún tipo de daño.

No había contado con ello, pero tuvo que resignarse a la idea de que tendría que memorizar cada palabra si quería poder visitarla durante los próximos meses.

- Está bien. - Le ofreció su maletín y ella le invitó a entrar en la siguiente sala.

Lo que allí se encontró le achicó aún más el corazón. La paciente se encontraba sentada en una vieja silla de ruedas, en tal mal estado que creyó imposible que pudiera girar las ruedas con facilidad para desplazarse por sí misma. El suelo estaba tan cubierto por la mugre que le resultaba imposible saber de qué color eran las baldosas originales. Hojas podridas, cristales rotos, residuos orgánicos pudriéndose acumulados por doquier en cualquier esquina o sobre la mesa con platos rotos y vasos agrietados decoraban aquella habitación cuya cama deshecha emitía un fétido aroma a excrementos humanos.

- Los celadores se quedarán con usted. - La enfermera siguió al doctor Maxwren para abrirle la puerta. - Tome asiento, pero le advierto, no se acerque a ella, es peligrosa si la tocan. Téngalo en cuenta por su propia seguridad ya que aquí nadie podrá ayudarle si usted no cumple esta única norma. Aunque he de advertirle que ella siempre permanece atada y fuertemente sedada por lo que no existe peligro de fuga alguna. Aún así le recomiendo que extreme las precauciones.

No se tomó ni mucho menos en broma aquella advertencia puesto que ya había trabajado con suficientes pacientes con problemas mentales como para saber cómo actúan cuando se sienten amenazados o en su naturaleza violenta les da por agredir al resto de seres humanos que viven en su entorno.

- Puede sentarse ahí mismo. - La enfermera le mostró una silla, que en apariencia se encontraba limpia. Aceptó la invitación y la colocó a metro y medio de distancia de la silla de ruedas de la joven mujer que tenía delante de su persona.

Cuando la puerta se cerró tras de sí pensó que los segundos ahora corrían en su contra, su tiempo para hablar con ella era limitado, así que no se anduvo con rodeos y fue directo al grano.

- Soy el doctor Winfrey y he venido para hablar con usted sobre su caso. ¿Puede entenderme?

La mujer, cuya cabeza se encontraba reclinada hacia delante, asintió ligeramente, lo que le llenó de incertidumbre puesto que no sabía si realmente le había entendido o sólo era un espasmo muscular.

- ¿Puede contarme exactamente qué sucedió la mañana del 06 de Enero de 1859?

Ella se negó a responderle, meneando su cabeza de un lado hacia otro.

- ¿Sabe qué les ocurrió a los pasajeros del tren con destino a Budapest?

Uno de los celadores le irrumpió y le pidió que no le hiciera ese tipo de preguntas a la paciente pues alteraba su estado de ánimo, como él mismo pudo comprobar segundos después de haber realizado dicha pregunta.

- Comprendo. - Él volvió a reformular su pregunta. -¿Podría decirme si vio a una niña que se parecía a mí con su madre en el mismo vagón el que usted se alojaba?

La pregunta cayó como un jarro de agua fría. Los brazos de la mujer se agitaron en la silla, deshaciéndose de las correas con las que había sido atada. Su cabeza giraba en todos los sentidos, su larga melena llena de suciedad y piojos se movía de un lado hacia otro como si estuviera poseída. Mordió en la oreja a uno de los celadores y le arrancó la cara al otro cuando intentó retenerla en la silla. El doctor, alarmado por lo que estaba sucediendo, no sabía qué hacer para poder calmarla sólo con sus palabras. Había demasiada sangre en aquella habitación y la paciente con la que había estado hablando segundos antes ahora devoraba con fervor la carne de los hombres que ella misma había matado a dentelladas.

El doctor Winfrey se levantó de la silla y corrió hasta la puerta intentando pedir ayuda. Al ver que nadie iría a socorrerle se alejó de aquella demoníaca figura tanto como pudo, y tras golpearse con algunos objetos en su huida descubrió en el suelo un pequeño diario escondido detrás de un mueble con el que el había tropezado. Lo tomó en sus manos y, sin apenas tiempo para escapar, saltó por la única ventana cuyas rejas estaban prácticamente rotas y se dejó caer contra el suelo rompiéndose en su huida una costilla y la mano derecha. Con la mente aturdida se levantó y, tambaleándose de un lado hacia otro, emprendió su huida con el diario de aquella mujer aún en las manos esperando encontrar respuesta al paradero de su desaparecida mujer e hija.


NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2013 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Mi novela "Cartas a mi ciudad de Nashville" disponible en la web y en blog. Todos los derechos reservados © 2014-2021.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España