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Certamen de relatos fantásticos de Mundos Épicos 

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Certamen de relatos fantásticos de Mundos Épicos 
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Título de la obra: La sacerdotisa del templo perdido Publicada el 13/07/2010 para el I Certamen de relatos fantásticos promovido por la editorial Mundos Épicos

Lectura completa: La sacerdotisa del templo perdido

El sonido de la lluvia salpicando suavemente las hojas secas de aquel frondoso bosque le hizo quedarse dormida. Sus delgadas caderas comenzaron a temblar sin cesar. Su túnica de color blanco había perdido todo rastro de su esplendor. La palla que solía llevar para cubrir su propia cabeza en actos públicos ahora se encontraba flotando sobre la superficie del lago.

Sus largos cabellos de color castaño claro se adhirieron a su piel como una segunda capa, provocando que su cuerpo reaccionara y su boca emitiera una mueca de desagrado.

Sus ojos se abrieron de par en par cuando la tormenta comenzó a caer de forma más recia sobre su desgastado cuerpo. La sangre reseca que horas antes había teñido su cuerpo y su túnica había comenzado a desaparecer lentamente. Las heridas que le habían infringido sus enemigos, sin embargo, aún no habían cicatrizado del todo y le dolían bastante cuando intentaba hacer algún movimiento rápido.

Sus agarrotados dedos comenzaron a moverse ligeramente. El dolor había comenzado a consumirla por dentro, pero aún así ella no se detuvo y permitió que las puntas de sus cabellos se entrelazaran entre sus huesudos dedos para poder recogerse los cabellos en una trenza que se deshizo en el momento en que sus dedos comenzaron a emitir pequeños chasquidos. Las lágrimas se abrieron paso a través de sus ojos, mientras sus labios reprimían los gritos de dolor.

Los ojos de la joven descendieron hasta llegar a las palmas de su manos, las cuales estaban teñidas por la suciedad y el barro. Y aún así ella no necesitaba ver más allá de aquella suciedad para saber que estaban llenas de moretones.

Su estómago se retorció de dolor, provocándole pequeñas punzadas. Había perdido la noción del tiempo. Hacía ya varios días que no comía nada y se encontraba al límite de sus fuerzas.

La joven intentó ponerse en pie, pero en el primer intento falló estrepitosamente, golpeándose contra los charcos de lodo que se habían ido formando a su alrededor. La túnica interior de su cuerpo quedó al descubierto en el mismo instante en el que ella había intentando incorporarse por segunda vez. En otro tiempo se hubiera sentido avergonzada, pero en aquellos instantes no le importaba nada.

Yvaniska pronto comprendió que algo no iba bien. Las arenas del tiempo habían comenzado a moverse una vez más en su contra. Para una sacerdotisa como ella, ningún lugar de la tierra era seguro a no ser que se encontrara en el interior del templo del dios al que su religión veneraba.

Nuevas lágrimas se asomaron a sus ojos. Pero, esta vez, la sacerdotisa no permitiría que fueran derramadas inútilmente, pues era un lujo que en aquellos momentos no se podía permitir.
Con los dedos aún temblorosos, sujetó la túnica y la desgarró rápidamente. El dolor volvió a ella, y esta vez su gritos no pudieron ser silenciados por la tormenta.

Su cuerpo cayó de nuevo contra el suelo mientras se movía de un lado para otro con violencia. Con un nuevo esfuerzo casi sobrehumano utilizó gran parte del interior de su túnica para llevársela contra su boca. Sus dientes blancos como perlas fueron poco a poco desgastando la tela a dentelladas hasta que finalmente la hicieron jirones.

La joven sacerdotisa escupió sin recato el trozo de tela y lo dejó tendido contra el suelo. Sus manos se movieron con rapidez, obligadas por la necesidad de la supervivencia. Sus dedos, a pesar de estar prácticamente rotos, consiguieron llevar aquel jirón de tela contra sus ojos y anudarlo alrededor de su cabeza. Ahora que había perdido la visión del mundo, éste se mostraría tal y como era.

Sus pies, aunque temblorosos por el frío y doloridos por las heridas que le habían infringido, la levantaron del suelo con dificultad. La túnica hecha jirones se desprendió de su cuerpo, dejándola tan sólo con una suave y ligera túnica transparente llena de suciedad y manchas de sangre.

Sus largos cabellos cayeron de forma recatada por la parte delantera de su pecho, cubriendo de esta forma los pequeños y erizados pezones de la joven que se alzaban como dos pequeños volcanes a través de la transparente tela.

Su delgada figura ahora parecía más fantasmagórica que nunca. Yvaniska dejó que el mundo que la rodeaba le hablase, que la guiase. Su cuerpo se tensó, sus sentidos se agudizaron y en medio de aquel claro no escuchó absolutamente nada, lo que significaba que era una mala señal.

Sus palabras se alzaron en el cielo en completo silencio. De su boca salieron palabras sin sonidos. La lluvia comenzó a caer con más fuerza. El cielo estaba escuchando sus plegarias. Los dioses a los que había servido tan fielmente durante veintidós años no la habían abandonado del todo a su suerte.

- Necesito ayuda. - Dijo sin voz.

Las palabras, que habían sido expulsadas de sus labios sin recato, fueron transportadas por el viento de forma apresurada.

La joven sacerdotisa, que hasta el momento había permanecido de pie, acabó cayendo contra el suelo. Sus dedos doloridos se alzaron de forma temblorosa hasta alcanzar el nudo que ellos mismos habían hecho momentos antes. El jirón de tela con la que se había cubierto los ojos momentos antes ahora estaba empapado en sangre fresca. Yvaniska fue moviendo poco a poco las yemas de sus dedos hasta alcanzar sus ojos, y allí donde debían estar situados lo único que encontró fueron dos cuencas vacías.

El conjuro había surtido efecto, y aún así, a pesar de que había sido un absoluto éxito, Yvaniska jugueteó en su mente con la idea de que el precio a pagar era muy alto.

Sus dedos volvieron a anudar el jirón de tela alrededor de su cabeza. La joven sacerdotisa, al carecer ya de uno de los cinco sentidos, decidió esperar de forma paciente en el lugar en el que había conjurado al dios del inframundo para que la ayudara a cambio de sus ojos, pues como todo el mundo sabía en aquellas frondosas tierras, son el arma que se necesita para atrapar el alma de una persona cuando llega al submundo.

La cabeza de Yvaniska se movía de un lado para otro para captar todos los sonidos de su alrededor. Sus facciones se tensaron ligeramente, pero supo controlarlas en el momento necesario. Unos gruñidos que parecían proceder del interior de los arboles comenzaron a abrirse paso a través del sonido que emitían las gotas de agua al romperse contra el suelo.

El cuerpo de la sacerdotisa se tensó al sentirse observada y a su vez rodeada por una manada de lobos hambrientos. El olor de su propia sangre debía de haberles atraído hacia ella. Pensó en huir, pero sus sentidos la invitaron a que se quedara muy quieta.

El tapetum lucidum del macho alfa brillaba con intensidad en la oscuridad de la noche. Movió lentamente la cabeza de un lado para otro para comprobar donde estaba el resto de su manada. Aquella mujer estaba rodeada. El olor de la sangre le había alertado. Miró con detenimiento el cuerpo de la joven, estudió sus gestos y comprobó que no habría suficiente carne para toda la manada, pero al menos podrían llevarse un pequeño bocado a la boca.

La joven sacerdotisa permitió que la incesante lluvia continuara descendiendo sobre su cuerpo. Su cabeza se ladeó ligeramente hacia arriba para alzar sus pensamientos al cielo. De nuevo, de su boca salieron palabras sin voz: estaba realizando un nuevo conjuro.

Su cuerpo se tambaleó ligeramente, como si algún tipo de demonio del bosque la hubiera poseído. Sus oídos se agudizaron hasta captar el sonido de unas pisadas. Una de ellas era humana, la otra no.

La sacerdotisa comenzó a moverse lentamente arrastrando los pies sobre el fango y los charcos de agua, dejando que la pútrida suciedad se adhiriese a su cuerpo como una segunda capa.

La voz del hombre llegó de forma más clara a sus oídos. Estaba llamando a alguien por un nombre que él mismo había puesto.

La voz de la sacerdotisa se alzó en el aire emitiendo un sonido ensordecedor en el mismo instante en que el macho alfa de la manada se disponía a atacarla. La joven sacerdotisa comenzó a correr con premura, desesperada por alcanzar a aquel hombre y poder informarle de lo que le iba a suceder. La manada comenzó a perseguirla y la joven sacerdotisa no cesó de correr y correr hasta volver a encontrar una vez más la voz de aquel hombre, a pesar de que ya no tenía fuerzas para dar un solo paso más. Y sin embargo, cuando ya había perdido toda esperanza, la voz de aquel hombre volvió a abrirse paso en aquel silencio durante un breve segundo.

El cazador, que se encontraba a escasos metros del lugar, se quedó completamente quieto y rígido. La lluvia caía sin descanso sobre su cuerpo. Sus ojos se movieron con rapidez, como si buscaran algo en aquel lugar que no encajara.

Miró a su perro y en su fuero interno se movió algo, la necesidad de proteger a aquel animal. Así que le llamo por su nombre:

- ¡Sethren!


NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2010 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Mi novela "Cartas a mi ciudad de Nashville" disponible en la web y en blog. Todos los derechos reservados © 2014-2021.


Dom Jul 09, 2017 12:00 pm
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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España