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XXXIII Certamen de cuento corto Laguna de Duero 2013. (II) 

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XXXIII Certamen de cuento corto Laguna de Duero 2013. (II) 
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Título de la obra: Nunca mires debajo de la cama Publicada el 14/08/2013. XXXIII Certamen de Cuento Corto promovido por el Ayuntamiento Laguna de Duero (Valladolid)

Lectura completa: Nunca mires debajo de la cama

¿Estaba realmente solo? Pudiera ser, pensó de inmediato. Los días de vacaciones parecían no llegar nunca a su fin, pero eso a él poco le debía de importar. Sus compañeros del internado no tardarían en volver a incorporarse a la jornada escolar y los amplios, vacíos y oscuros pasillos pronto volverían a llenarse de voces entrelazadas que, formando murmullos incomprensibles imposibles de acallar, sólo lograban desvanecerse cuando los alumnos, guiados por sus superiores de alcoba, eran introducidos en las habitaciones y tras pasar lista las puertas se cerraban con llave y el silencio volvía a ser dueño del lugar.

De su boca se escapó un recatado suspiro que no quiso dejar libre, pero que inconscientemente le trajo de vuelta a la realidad. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había mirado el reloj de muñeca? Posiblemente insuficientes horas para darle un respiro y hacerle ver que su condena era demasiado larga como para escapar en un abrir y cerrar de ojos de aquel extraño y asfixiante lugar llamado escuela donde iba a cumplir su quinto año de pupilaje. Se imaginaba que en la lejana estepa donde los caminos se bifurcan, más allá del frondoso bosque que crece sin control alguno a los pies de su ventana, hallaría el camino de vuelta al hogar, ese lar que años atrás dejo a la temprana edad de diez años, cuando aún seguía siendo el primogénito de la familia Rewgrant y su madre biológica aún vivía. No podía culpar a su padre por haber contraído segundas nupcias con una mujer mucho más joven y lozana que él, pero cuyo corazón era tan frío que era capaz de helar una estancia con su sola presencia.

¿Se vio obligado a huir? De alguna manera pensó que así era, pues al fin y al cabo no podía soportar la idea de que aquella mujer hubiera destruido hasta la última imagen de su progenitora. Se demolió y reformó el ala oeste de la casa para posteriormente readaptarla a sus caros gustos, no quedó ni una sola esquina en la que poder sentarse a recordar cómo era la vida antes de que ella apareciera y lo pusiera todo patas arriba. Después pensó que el resto del domicilio debía sufrir el mismo destino y así, piedra a piedra, la residencia de la familia Rewgrant fue demolida por el capricho de una narcisista mujer que no podía soportar ser una segundona en la vida de su nueva familia. Los sirvientes, por desgracia, corrieron la misma suerte que el inmueble, pues bien se despidieron al ser incapaces de vivir bajo el mismo techo que ella o fueron despedidos por simples disputas domesticas según le conviniese a la nueva señora de la casa. En un corto espacio de tiempo todo el personal dedicado a la servidumbre y mantenimiento del hogar fue remplazado, hasta que no quedó nadie que pudiera recordarle cómo era la mujer que le había alumbrado y que por desgracia murió a los pocos años de haber nacido víctima de una letal enfermedad de la época llamada tisis. Francamente odiaba su vida en el internado, tanto o en igual medida que su madrastra, pero lo único que le consolaba era la idea de que ella al menos no podría alargar su delgada y huesuda mano hasta aquella estancia para arrebatarle la poca dignidad que le quedaba, aunque él sabía que se moría de ganas de hacerlo, pues en su rostro, en cada centímetro de piel, la imagen de su antecesora vivía para recordarle de manera continuada el puesto que ella ocupaba en la vida de todas las personas que la conocieron y amaron.


El distanciamiento forzoso al que había sido sometido había abierto una brecha familiar entre él y su padre, quienes años atrás habían permanecido unidos como si de uña y carne se tratase. Sin embargo, su progenitor aún no se había rendido y le había escrito una vez más recordándole que le estarían esperando con los brazos abiertos para las próximas vacaciones de Navidad, y esperaban con impaciencia que regresara de vuelta al hogar donde su recién llegada hermana estaba esperando a ser bautizada con el tercer nombre que él deseara escoger para ella, siempre y cuando fuera del agrado de su madre. Él se deshizo de la carta, sin apenas haberse molestado en leer más allá de tres líneas y comprobar que la firma de su padre seguía siendo la misma, pues temía que la bruja de su nueva mujer le hubiera matado para quedarse ella con todo el dinero que a él por derecho propio le correspondía.

No le hizo falta mirar el reloj para descubrir que la hora de cenar estaba cerca. La posición del sol se lo reveló. Posó sus piernas en el suelo y abandonó la mesa en la que había estado sentando durante más de una hora. Tenía los músculos agarrotados, y sintió un ligero hormigueo cuando las plantas de sus pies se vieron obligadas a moverse. No creía que pudiera dar más de dos pasos sin derrumbarse, pero consiguió sujetarse a una de las camas nido de un compañero. Hundió la mano en el colchón y sujetó con energía el piecero forjado en hierro cuyos tubos cilíndricos en color blanco esmaltado le daban un aspecto tosco y poco atrayente a la vista. Su cama se encontraba ubicada en la otra punta de la estancia, alejada de aquella ventana que tantas horas de paz le había aportado en los últimos años. No tenía la mínima oportunidad de acercase a ella cuando todos sus compañeros se encontraban en la misma habitación que él, por eso aprovechaba al máximo cada segundo que estaba allí solo para perderse en el denso follaje y los claros cielos que le ofrecían algunas estaciones del año, para así no añorar de forma tan compulsiva y asfixiante la sensación de libertad que dentro de seis años podría alcanzar cuando se hubiera graduado con honores.

Supuso que la paz que tanto le habia agradado segundos antes había finalizado en un abrir y cerrar de ojos. Cuando alzó la vista, vio una figura que le hizo retroceder sobre sus propias pisadas. El aroma de su colonia y el olor que había dejado su espuma de afeitar en su piel le produjeron nauseas, un aroma que le costaba olvidar durante semanas. No necesitó levantar la mirada para comprobar quién era, pero por alguna extraña razón siempre lo hacía, como si quisiera asegurarse de que su mente no le jugaba malas pasadas. Ahí estaba él, el capitán del equipo de críquet. Siempre bien vestido y con el uniforme impoluto, un hecho que le desconcertaba puesto que a él le gustaba jugar en sitios peligrosos donde podía ensuciarse con facilidad. Se sintió incómodo de inmediato, la garganta se le había secado y como por arte de magia se le había formado un nudo al final del cuello. En el interior de su estómago revoloteaban un millón de insectos que ni se asemejaban a la sensación de gusanillo o de millones de mariposas que uno siente cuando cree estar enamorado: esta sensación era mil veces peor. No se atrevió a cruzar palabra alguna con él, como si su sola presencia pudiera pasar desapercibida en aquella habitación vacía. Pero él sabía lo que el capitán había venido a buscar, y no podía negarse porque las consecuencias serían mucho peores.

Ya no estaba seguro de si las piernas le seguían temblando por haber permanecido sentado durante tanto tiempo en la mesa con ellas recogidas sobre su pecho o por la presencia de su superior, pero no se sintió con fuerzas para soltarse de las vigas cilíndricas y seguirle al cuarto de calderas, pues estaba seguro de que sería ahí donde querría llevarlo para abusar de él. Tomó una pequeña bocanada de aire, pero fue tan áspera y pesada que le costó un triunfo colosal dejarla llegar hasta sus pulmones. Se sentía tan indispuesto que estuvo a punto de orinarse en los pantalones del uniforme, un acto que agradeció que no pasara porque si hubiera llegado a darse el caso, probablemente el joven capitán hubiera tomado ventaja de la situación exigiéndole favores sexuales a cambio de su silencio. Esta era otra de las razones por las que estaba ansioso por dejar la escuela en la que fue internado según su madrastra por el bien de su propia educación y otro de los motivos por el cual la odiaba profundamente. La idea de volver a recuperar aquellos años donde la enseñanza tutelar en el hogar, agradables y divertidos, le parecían lejanos e incluso irreales. Como si nunca hubieran formado parte en su vida.

- ¿Qué haces aquí tú solo?

La pregunta le pilló tan de sorpresa que a punto estuvo de hacerlo caer de espaldas. Agradeció estar sujeto porque sus inseguras piernas eran incapaces de sostenerle por más tiempo. Pero aunque la pregunta en cuestión era un interrogante sin ninguna clase de connotación sexual, se vio incapaz de responderle, y tan sólo balbuceo unas cuantas silabas incomprensibles que lo único para lo que le sirvieron fue para atraer más la atención del capitán hacia su persona y obligarlo a caminar hasta la posición en la que se encontraba.

- No te acerques. - Exclamó cubierto por una fría capa de sudor que le recorrió todo el cuerpo, mientras cerraba los ojos con todas sus fuerzas, temiéndose lo peor. - ¡Ayudame Dios, por favor!

Pero ni sus palabras ni la cortante atmósfera que allí se respiraba impidieron que el capitán se colocara a su lado y le rodeara pasando su brazo por la cintura.

Se sintió cada vez más debilitado. Las manos le temblaban tanto que ni tan siquiera pudo sujetarse por más tiempo a los barrotes de la cama. Pero el joven hombre que le rodeaba le sostuvo entre sus brazos antes de que se golpeara contra el suelo.

- Te tengo. - Exclamó con una sonrisa triunfal.

Y así era. Le sujetaba con tanta fortaleza que incluso sintió como las yemas de sus dedos se le clavaban en la desnuda carne. Pero a pesar de que odiaba esa sensación, de que ansiaba con todas sus fuerzas de que aquello terminase de una vez por todas, sabía que él era mucho más fuerte, grande y rápido, por lo que cualquier intento de huida sería una perdida de tiempo.

- Tranquilo.- Añadió el capitán. Sólo he venido a decirte que es hora de ir a cenar. Hoy soy yo el que se encarga de avisar a todos los estudiantes residentes de que deben bajar al comedor.

Le creyó, porque sabía que si no lo hacía no podría recuperar la compostura. Pero cuando recuperó las fuerzas y se vio capaz de dar dos pasos sin miedo a caerse, él se pegó a su cuerpo por la espalda, le rodeó con su antebrazo por la cintura y acercando su boca al lóbulo de su oído le susurro: - Pero esta noche serás completamente mío.

Sonrojado y a su vez humillado, aquellas desvergonzadas palabras le ahuyentaron y a su vez le dieron el coraje necesario que necesitaba para salir corriendo de aquella estancia como si le estuvieran azotando sin descanso una y otra vez hasta que se sintió a salvo en el comedor, rodeado de sus semejantes, quienes incapaces de decir nada siguieron con la mirada fija en el suelo como si supieran lo que le estaba a punto de suceder a ese joven esa misma noche, pues ellos ya lo habían vivido en su cuerpo en otras noches anteriores.


Se sentaron a la mesa cuando el último miembro del profesorado llegó al comedor. Después, y como era costumbre antes de comer, todos se pusieron en pie y oraron en agradecimiento a Dios por los alimentos que iban a recibir. Sirvieron la comida que a él más le gustaba:rosbif con patatas asadas, verduras y pudding, pero aunque la comida estaba deliciosa él apenas pudo probar bocado alguno sabiendo lo que le ocurriría cuando apagasen las luces para dormir. Indispuesto, se excusó y pidió que le dejasen marchar. No se atrevió a desviar la mirada por miedo a que descubrieran el motivo por el cual la abandonaba. Cuando la puerta del comedor se cerró tras de sí y sintió que no había peligro de ser descubierto corrió hasta su habitación y se dispuso a hacer las maletas para huir de aquel lugar sin saber muy bien dónde pasaría el resto de la noche. No estaba del todo convencido de si el capitán había bajado a cenar o lo estaba esperando escondido en alguna esquina, algo muy habitual en él, ya que poseía ciertos privilegios dentro de la escuela que le permitían ausentarse para comer a solas en su habitación individual. Se apresuró en bajar la maleta que había encima del viejo armario de roble macizo y la abrió con rapidez arrojando en su interior un par de prendas con las que poder cambiarse a lo largo de los días. Abrió el cajón de su mesilla y se detuvo de inmediato al oír un extraño sonido de gorgoteo que le cortó de inmediato la respiración. Su acelerado corazón no le daba ninguna clase de tregua, y aún así no se atrevió a darse la vuelta por miedo a lo que pudiera sobrevenirle si lo hacía. Atosigado por el miedo, decidió dejar a un lado la idea de coger la ropa interior. Las luces del dormitorio comenzaron a parpadear ininterrumpidamente como venía siendo habitual desde hacía varios meses. El sol ya se había ocultado, apenas se veía nada, y él estaba allí. ¿Completamente solo? No estaba del todo seguro. Su agresor podía estar acechándole en la oscuridad y él no lo veía. Una vez más oyó un sonido gorgoteante que provenía de debajo de su cama. Oyó unas pisadas en la lejanía y estaba seguro de que sería el capitán del equipo de críquet, pues sonaban igual que las de él, o al menos esa era la impresión que el tuvo. No tenía escapatoria, las pisadas cada vez sonaban más cercanas y ya no podía escapar por el pasillo sin ser visto, así que finalmente decidió esconderse debajo de la cama de un compañero. Al rodear su lado de la cama sintió que la suela de su zapato resbalaba, posiblemente el piso de arriba seguía goteando debido al mal estado de las cañerías. Corrió tan rápido como pudo antes de que la luz volviera a encenderse, pero se lamentó al descubrir que se habia dejado la maleta sin terminar de hacer encima de la cama. Tuvo que salir de su escondite. Alguien se acercaba, no le quedaba tiempo. Tomó su maleta entre las manos y se metió con ella dentro del armario. No recordaba haber dejado nada dentro de él que le impidiera no entrar de cuerpo entero, así que cuando notó que no estaba solo en su interior volvió a salir hacia fuera emitiendo un grito ahogado de terror. Tras tropezar en su huida se golpeó la cabeza contra el saliente de la cama, y aún confuso y mareado se deslizó debajo de ésta para descubrir un macabro hallazgo: la gorgoteante cabeza del capitán del equipo de críquet decapitada.


NOTA LEGAL: Akasha Valentine 2013 ©. La autora es propietaria de esta obra literaria y tiene todos los derechos reservados.

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Mi novela "Cartas a mi ciudad de Nashville" disponible en la web y en blog. Todos los derechos reservados © 2014-2021.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España